y limitada capacidad de olvido. A nosotros, nos resulta muy sencillo olvidar nombres, fechas, números y en general cualquier dato. Olvidamos nuestros objetos personales en cualquier lugar, se nos olvidan las citas más importantes e incluso darle de comer al gato de nuestro mejor amigo que se ha ido de vacaciones. El mundo exterior parece no importarnos, porque vivimos en un mundo interior, que es paradójicamente el mundo de nuestros recuerdos. Tenemos la capacidad de recordar cada cosa que nos sucede como si cada vez ocurriese de nuevo. Para bien o para mal, los recuerdos dan vueltas en nuestra mente y nunca se marchan. Es como si viajasen en círculos concéntricos alrededor de nuestro punto de control emocional. Podemos recordar una frase hiriente durante el resto de nuestra vida, e incluso si llegamos a perdonar a quien la dijo, nunca conseguimos olvidarla. Cuando parece que nos hemos librado del recuerdo más terrible, las palabras, el tono de voz, el lugar, la hora, los olores, los sonidos, las temperaturas y la sensación que produjo, se repiten como eco que rebota entre neuronas y líquidos cefálicos. Es un eco que nos hace estremecernos una vez más de miedo, de placer o de nostalgia. Yo tengo un eco que nunca se marcha, que no me deja dormir, ni comer, ni conducir. La mayor parte del tiempo, el ruido de fuera lo sofoca, quizás porque es más vivo, más bello o más verdadero, pero el silencio… ¡Qué miedo tengo al silencio
que se avecina aunque nunca seré capaz de creer su fatal predicción
“El amor es una catástrofe espléndida: saber que te vas a estrellar contra una pared, y acelerar a pesar de todo: correr en pos de tu propio desastre con una sonrisa en los labios; esperar con curiosidad el momento en que todo se va a ir al carajo. El amor es la única decepción programada, la única desgracia previsible que deseamos repetir”. “El amor dura tres años” (Frédéric Beigbeder, 1997)
"Abrazados, epidermis con epidermis, arropados por una única piel; pegados, juntitos, apretados, sin resquicio donde sedimente el engaño traicionero. ¿Por qué te mantienes a mi vera? ¿Qué razón me ofreces para no distanciarte de mí? Son tus manos, quizá tus dedos alargados que rozan mi alma; es tu nunca, destino de mis besos, acaso su sabor; es tu mirada centelleante de mil brillos de miel recién recolectada; es tu manera de hablar, la de tus silencios; es tu respiración mientras duermes. Es tu felicidad cuando estoy a tu lado".
¿Quién eres de dónde es que tú vienes? ¿Qué magia te ha creado? ¿Por qué te he reencontrado?
Donde estés, allí estaré Donde sueñes, soñaré Es claro, ¿no ves que hemos logrado eternamente amarnos?
El tiempo no ha pasado Tú y yo, ¿quién nos puede separar? ¿Quién se atreve a desafiar la fuerza que hay en mí ahora que estás junto a mí? Por los siglos te tendré Nada me ha de detener Te pido, espérame que voy a ti y por fin sólo para mí serás
que pasa por nuestra vida es única. Siempre deja un poco de sí y se lleva un poco de nosotros. Habrá los que se llevarán mucho, pero no habrá de los que no nos dejarán nada. Esta es la prueba evidente de que dos almas no se encuentran por casualidad”
Te recuerdo como eras en el último otoño Eras la boina gris y el corazón en calma En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo Y las hojas caían en el agua de tu alma Apegada a mis brazos como una enredadera Las hojas recogían tu voz lenta y en calma Hoguera de estupor en que mi sed ardía Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma Siento viajar tus ojos y es distante el otoño: boina gris, voz de pájaro y corazón de casa hacia donde emigran mis profundos anhelos y caían mis besos alegres como brasas. Cielo desde un navío. Campo desde los cerros. Tu recuerdo es de luz, de humo,
de estanque en calma! Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos Hojas secas de otoño giraban en tu alma