Algún día sabrás
que todo mi silencio te nombra
y que cada instante de mi soledad
sabe a ti
Las personas como yo tenemos una extraña
y limitada capacidad de olvido.
A nosotros, nos resulta muy sencillo olvidar nombres,
fechas, números y en general cualquier dato.
Olvidamos nuestros objetos personales en cualquier lugar,
se nos olvidan las citas más importantes
e incluso darle de comer al gato
de nuestro mejor amigo que se ha ido de vacaciones.
El mundo exterior parece no importarnos,
porque vivimos en un mundo interior,
que es paradójicamente el mundo de nuestros recuerdos.
Tenemos la capacidad de recordar cada cosa que nos sucede
como si cada vez ocurriese de nuevo.
Para bien o para mal,
los recuerdos dan vueltas en nuestra mente
y nunca se marchan.
Es como si viajasen en círculos concéntricos
alrededor de nuestro punto de control emocional.
Podemos recordar una frase hiriente
durante el resto de nuestra vida,
e incluso si llegamos a perdonar a quien la dijo,
nunca conseguimos olvidarla.
Cuando parece que nos hemos librado del recuerdo más terrible,
las palabras, el tono de voz, el lugar, la hora, los olores,
los sonidos, las temperaturas y la sensación que produjo,
se repiten como eco que rebota entre neuronas
y líquidos cefálicos.
Es un eco que nos hace estremecernos una vez más de miedo,
de placer o de nostalgia.
Yo tengo un eco que nunca se marcha,
que no me deja dormir, ni comer, ni conducir.
La mayor parte del tiempo,
el ruido de fuera lo sofoca, quizás porque es más vivo,
más bello o más verdadero, pero el silencio…
¡Qué miedo tengo al silencio
A nosotros, nos resulta muy sencillo olvidar nombres,
fechas, números y en general cualquier dato.
Olvidamos nuestros objetos personales en cualquier lugar,
se nos olvidan las citas más importantes
e incluso darle de comer al gato
de nuestro mejor amigo que se ha ido de vacaciones.
El mundo exterior parece no importarnos,
porque vivimos en un mundo interior,
que es paradójicamente el mundo de nuestros recuerdos.
Tenemos la capacidad de recordar cada cosa que nos sucede
como si cada vez ocurriese de nuevo.
Para bien o para mal,
los recuerdos dan vueltas en nuestra mente
y nunca se marchan.
Es como si viajasen en círculos concéntricos
alrededor de nuestro punto de control emocional.
Podemos recordar una frase hiriente
durante el resto de nuestra vida,
e incluso si llegamos a perdonar a quien la dijo,
nunca conseguimos olvidarla.
Cuando parece que nos hemos librado del recuerdo más terrible,
las palabras, el tono de voz, el lugar, la hora, los olores,
los sonidos, las temperaturas y la sensación que produjo,
se repiten como eco que rebota entre neuronas
y líquidos cefálicos.
Es un eco que nos hace estremecernos una vez más de miedo,
de placer o de nostalgia.
Yo tengo un eco que nunca se marcha,
que no me deja dormir, ni comer, ni conducir.
La mayor parte del tiempo,
el ruido de fuera lo sofoca, quizás porque es más vivo,
más bello o más verdadero, pero el silencio…
¡Qué miedo tengo al silencio

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