Dejo los ardides de mi falso olvido
Yo, Rogelio Velasco,
con la salud algo quebrantada
y no sé si recuperable,
dejo a mi segunda mujer mis brazos
y no sé si recuperable,
dejo a mi segunda mujer mis brazos
y mis piernas,
en recuerdo de que con unos
en recuerdo de que con unos
y con otras la abarqué y la ceñí,
la incorporé a mi territorio,
la gocé
y logré que me gozara.
También le dejo mis rabietas de verdugo
y mis caricias de arrepentido;
mis hoscas vigilias
la incorporé a mi territorio,
la gocé
y logré que me gozara.
También le dejo mis rabietas de verdugo
y mis caricias de arrepentido;
mis hoscas vigilias
y mis nocturnos de minucioso amador;
la melancolía que me provocan sus ausencias
y el cielo abierto que acompaña sus regresos;
la garantía de saberla dormida a mi lado
y la certeza de que velará mi último sueño
la melancolía que me provocan sus ausencias
y el cielo abierto que acompaña sus regresos;
la garantía de saberla dormida a mi lado
y la certeza de que velará mi último sueño

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